En la editorial aparecida el viernes23 de diciembre titualada “Programas y subsidios de Corfo”, El Mercurio analiza el incremento sustancial de los recursos de Corfo y los confronta con un ineficaz plan de asignación, donde se confrontan los interesés ciudadanos con los políticos.
Dice en parte:
Corfo ha generado una subactividad improductiva para personas de alto capital humano que dependen de los recursos de aquélla y que, probablemente, actuarán como un lobby contra una reforma del mecanismo de asignación de recursos.
Este es el texto íntegro:
El próximo año, los recursos del Ministerio de Economía aumentarán mucho, llegando a más de mil 150 millones de dólares, una suma gigantesca para un ministerio tradicionalmente considerado menor, al menos frente a Hacienda. Y sorprende que los recursos destinados al funcionamiento del ministerio y sus instituciones dependientes, como Sernac, la Subsecretaría de Pesca, la SEC, el INE y la Fiscalía Nacional Económica, y otros servicios menores, representen poco más del 15 por ciento del monto asignado al ministerio. La mayor parte corresponde a Corfo y sus filiales: Sercotec y el programa Innova, que reciben 970 millones.
Estos montos se destinan a innumerables programas de apoyo -es decir, subsidios del Estado a proyectos de toda índole-. Por ejemplo, sólo en el rubro de “Emprender” existen programas de creación de incubadoras, fortalecimiento de incubadoras, apoyo a la operación de incubadoras, capital semilla, redes de “capitalistas ángeles”, capital de riesgo.
Además, existen las líneas de innovar, mejorar e invertir, cada una con decenas de programas. A su vez, cada programa debe tener un responsable y una burocracia asociada (aunque en algunos casos puede ser pequeña), lo cual aumenta sus costos. Pareciera no existir tendencia, idea o moda en el área de gestión que no se haya traducido en un subsidio focalizado, de eficiencia desconocida.
¿Cuál será la efectividad de estos subsidios? En su página de internet, Corfo muestra historias de éxitos, que parecen interesantes, pero no hay una historia de los fracasos, que, presumiblemente, deben ser bastante más numerosos. Tampoco parece existir, al menos en dicha página web, una evaluación de la rentabilidad social del uso de estos recursos, esto es, su contribución real a la creación de innovación y riqueza. Sólo están disponibles anécdotas, así como cuadros que muestran la cantidad de subsidios otorgados (más de 100 mil desde su creación).
Aun en la hipótesis de que fuera manejada en forma eficiente, Corfo estaría atrapada en un dilema: la sociedad le pide eficiencia en el uso de los subsidios, pero el mundo político le exige la ejecución de los recursos asignados en el presupuesto. El problema es que, a menudo, no existen proyectos rentables en algunas de las múltiples categorías de apoyo por Corfo. Peor aún, los recursos de los que ella dispone crecen todos los años, porque en un gobierno con pocas ideas, los subsidios a las palabras mágicas -innovar, pyme, tecnología y, tal vez, ahora energías renovables- son un sucedáneo de la escasez de propuestas. Por otra parte, proyectos de clara rentabilidad social son rechazados, porque no incluyen estas palabras o porque no existe un nicho o programa que los pueda acoger, dada su especificidad.
El costo de esto para el país es enorme, no sólo por los recursos discutiblemente gastados en forma directa, sino porque se ha creado una industria de consultores especializados en la postulación a los fondos Corfo. Éstos poseen un lenguaje especial, no fácilmente accesible a los legos, por lo que se requiere contratar a tales especialistas si se desea acceder con cierta seguridad a los recursos.
Así, Corfo ha generado una subactividad improductiva para personas de alto capital humano que depen-den de los recursos de aquélla y que, probablemente, actuarán como un lobby contra una reforma del mecanismo de asignación de recursos.
Como instrumento de desarrollo nacional, esta estructura ciertamente requiere una profunda revisión de sus conceptos y de sus métodos de funcionamiento.