Hacer futuro, el Chile del 2012
El Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad organizó un taller para periodistas, “Hacer futuro, el Chile del 2012″, en que a través de exposiciones realizadas por algunos de sus miembros, se pretende entregar bases para comprender el rol de dicho Consejo.
Los expositores del primer día fueron José Miguel Benavente, doctor en Economía de la Universidad de Oxford y académico de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Chile y Celia Alvariño, doctora en Educación, de la U. Autónoma de Barcelona y magíster en Dirección de Empresas.
Benavente comentó conceptos básicos de innovación, que definió como la “creación de valor económico”, pero del valor que el mercado este dispuesto a pagar por ella. Innovación para él (y para el consejo, suponemos) es creación de conocimiento nuevo, pero sancionado por el mercado.
Benavente abrió su exposición con una cita del economista Michael Porter, quien visitara Chile el año 2005, “El problema de Chile es que no se está impulsando la productividad a la tasa necesaria…y la ciencia y tecnología tienen un rol fundamental en ello…”. Eso se refleja al observar que aquellos países que poseen grandes sectores intensivos en conocimiento corresponden a economías desarrollados, en cambio aquellos que se basan en el uso de recursos naturales, aún no alcanzan esa condición. No es un tema de macroeconomía, más bien macroeconómico microeconómico.
En este punto se observa la necesidad de obtener una mayor interacción entre la empresa y la academia, a través del apalancamiento de fondos, que haga subir la inversión privada en I+D y de esa manera crezcan los sectores tecnológicos. Las empresas asociadas a Universidades gastan el doble en I+D cuando se asocian a Universidades.
Benavente explicaba que los retornos a la inversión en I+D, contrariamente a lo que podía pensarse, llegan casi al doble del capital físico (según un estudio
de Benavente, de Gregorio y Núñez, 2005 ), aunque se ha observado que este retorno es muy lento, estimándose en dos años para el sector metalúrgico y de cinco años para el farmacéutico, lo que probablemente sea la causa para que pocos empresarios se atrevan a hacer este tipo de inversiones, pues afecta sus números en el corto plazo. Corren el temor de entrar en lo que Flores llama “el valle de la muerte”.
Ajustar la red del sistema innovativo tiene beneficios directos, como una mayor vinculación empresarial con centros de investigación y universidades que impactan directamente en la capacidad innovadora de la industria. Al mismo tiempo el co-financimiento de estas actividades es clave para obtener fondos de privados, que redunda directamente en la productividad de los participantes.
El economista concluyó su presentación comentando un estudio de la tasa salida de empresas, indicaba que de cada 100 empresas creadas en 1996, 78 de ellas había dejado de registrar movimientos, marcando variaciones del 84,8% en el caso de las micro, 58,6% en las pequeñas, 41,6 en las medianas y 27,5 en las grandes.
Al hacer la comparación con empresas que habían desarrollado innovación tecnológica (tanto en productos como en procesos), se registró un aumento en la tasa de supervivencia de un 29%. Si el efecto de hacer innovaciones en la empresa asegura una mayor posibilidad de supervivencia de su emprendimiento y, además, cada peso invertido en innovación es muy posible que registre retornos cercanos al 50%, las motivaciones para invertir en innovación deberían ser muy claras.
En un siguiente post les hablaremos de la segunda charla dictada por Celia Alvariño y que versó sobre educación.
Saludos. Antes de pasar al comentario en sí, me llevé una grata sorpresa al encontrar su blog. Siempre interesan los temas de innovación y desarrollo tecnológico, y qué mejor que sean preparados con una visión y enfoque nacional. Felicitaciones.
Me salta una duda con lo dicho al final del cuarto párrafo: “No es un tema de macroeconomía, más bien macroeconómico.” Que ha de ser (en mi opinión, y basándome en la exposición que sigue luego en el artículo) más bien microeconómico.
El punto de fondo es el siguiente: si los programas que apuntan a mejorar los indicadores macro no toman en cuenta los procesos por los cuales se toman las decisiones, y las razones por las que se evita invertir en elementos como I+D, difícilmente se lograrán avances en la materia; bien lo expone Benavente.
Tal cual un Banco Central (o un Ministerio de Hacienda) que se pueda enfocar en los resultados a Corto Plazo (sea por razones políticas, populistas, o de cualquier otra índole), y destroze todos los mecanismos subyacentes que promueven el crecimiento a Largo Plazo, como ha sucedido tantas veces en la historia económica, el gerente de la empresa típica busca que los inversionistas obtengan buenos resultados “hoy” (y éstos a su vez lo exigen). Si mañana van las cosas mal, será problema de quien sea que esté a cargo mañana. Lamentablemente el cambio en la forma de hacer las cosas no es posible de llevar a cabo de la noche a la mañana. Quizás ni de un año para otro.
El ofrecer una solución me evade. La única respuesta viable que se me viene a la mente radica en la educación (y me refiero a la buena educación, lo que ya es otro tema).
Rubén:
Tocaste varios de los puntos que fueron diagnósticados en este seminario.
El continuismo de las políticas de innovación independiente del gobierno de turno, evitar que las políticas públicas sean capturadas por grupos de intereses, conjugar política a largo con las de corto plazo, etc.
Al igual de lo que planteas la solución no sólo pasa por fomentar la innovación a secas. Hay una gran tarea en la educación, tarea que es a largo plazo y profunda. Ya no de cobertura educacional, sino de calidad de la misma.
Lo esperamos de vuelta por estos lados.
Saludos
[...] José Miguel Benavente [...]